Blay Antonio - Plenitud en la vida cotidiana
Todo ser racional, en un momento u otro de su vida, tiene que detenerse a pesar de su más o menos agitado ritmo de vida diaria, para enfrentarse con la pregunta clave que, surgida en innumerables tonos y matices desde su interior, acaba al fin por imponerse ante su razón como el enigma fundamental que exige una respuesta clara, inmediata y contundente: «Yo, ¿por qué existo?, ¿para qué estoy viviendo?, ¿cuál es el sentido de mi existencia?, ¿qué es la vida?»
a) Los que no quieren saber nada Son numerosas las personas que ante preguntas «tan extrañas, tan desusadas», después de otear brevemente su horizonte intelectual, después de revisar rápidamente su archivo de datos y experiencias personales, y presionados al mismo tiempo por los problemas inmediatos a resolver o por su rutina habitual de la acción, zanjan la cuestión con un elocuente encogimiento de hombros y prosiguen las actividades, las luchas y los problemas que llenan el detalle de su vida, siguiendo sin comprender nada de esa vida en la que luchan y por la que luchan, sin esforzarse en descubrir lo más mínimo sobre el sentido que pueda tener su existencia, y más bien sintiéndose aliviados al alejar de sí tales pensamientos perturbadores.
b) Los que va lo saben todo Otras personas, las más, se contestarán a sí mismas de acuerdo con las lecciones aprendidas en su período infantil o juvenil de formación. Y aquí encontramos varios grupos. El grupo en el que prevalece la formación, digamos científica, se satisfará -y quizás con aplomoafirmándose que la vida no es más que un proceso de lucha por la supervivencia, de adaptación progresiva al medio ambiente, de procesos orgánicos en curso de indefinida evolución, etc. El grupo en el que predomina el aspecto religioso tradicional, de acuerdo con la formación recibida en su infancia, nos repetirá quizás, que la vida es el campo de experimentación creado por Dios, para que el hombre, luchando eficazmente por el bien y en contra del mal, merezca de la divina misericordia ganar la www.bibliotecaespiritual.com 6 felicidad eterna en el cielo. Y si, por el contrario, no impone en último término su voluntad sobre el mal, será condenado a las penas del infierno por toda la eternidad.
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